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lunes, 25 de junio de 2012

Una herencia equivocada




En invierno de 2001 Andrea Pirlo regresó al Brescia, el club con el había debutado unos años atrás, para jugar apenas diez partidos. El Inter no le quería. Le despreció con una cesión. Y sin embargo, aquellos diez partidos le cambiaron la vida. Si Andrea Pirlo es hoy el señor del Calcio, capaz de la elegancia en las situaciones más tenebrosas, elevar -picar sería un término demasiado contundente- un balón por el centro mientras el portero se vence a un lado, hay que pedirle explicaciones a Carlo Mazzone, otro caballero del fútbol italiano. Mazzone, romanista, técnico retirado (75), dirigió más de mil partidos en la Serie A. En total se pasó 38 años vagando por los banquillos del país. Y nunca ganó nada. Lo máximo que consiguió fue una tercera plaza con la Fiorentina. A falta de trofeos, su impronta permanece en una decisión. Probablemente una de las más importantes que jamás se han tomado en el fútbol italiano. Le dijo a Pirlo que se olvidara de Roberto Baggio.




Si nos remontamos aún más en el tiempo, en la temporada 98-99 Roberto Baggio y Andrea Pirlo compartieron vestuario en el Inter de Milán. El primero era una estrella en decadencia, aunque su declive se alargó y mantuvo un rendimiento decente hasta los 37 años. El segundo era su recambio. Un mediapunta que cuando era un adolescente  había idolatrado al alemán Lothar Matthäus, centrocampista total de los nerazzurri, pero que cambió de gustos cuando este se fue de su Inter y volvió al Bayern de Múnich. Entonces dejó de hablar de Mattäus y empezó a referirse a Roberto Baggio, Michel Platini y Diego Armando Maradona. Imagínense qué honor para un joven Pirlo, seducido por el ’10′, el poder suplir a su ídolo cuando este se cansaba. Era el sustituto del que encabezaba su lista de espejos. Un puesto de trabajo que, visto con perspectiva, sabe a disgusto. Mazzone acudió al rescate en el punto clave de su carrera, cuando a Pirlo no le querían ni para secundario. Le ofreció una manivela y retrasó su posición hasta el centro del campo. Ancelotti lo vio. El resto es historia. Una novela artística con capítulos tan interesantes como en el que Allegri se tapa un ojo y Conte se compra unos prismáticos.




Pirlo se tomó muy en serio el aviso de Mazzone. Quizá demasiado. No solamente olvidó su aspiración a trecuartista sino que se empeñó en deshacer la herencia de Baggio capítulo a capítulo. Tenía algo ganado, él había empezado donde Baggio dijo basta, en Brescia. El resto fue un ejercicio básico de contradicción. Que si Baggio mediapunta, él centrocampista. Que si Baggio sumó títulos al principio de su carrera, él lo hizo durante todo el trayecto. Que si a Baggio le cambiaba Sacchi, a él ningún seleccionador le movía del campo. Que si Baggio había pasado por tres de los grandes, Juventus, Milan e Inter, él copiaba la idea pero invirtiendo el orden, Inter, Milan y Juventus. Que en el primer Mundial de la historia que se decidía en una tanda de penaltis Baggio lanzaba el último y lo echaba a las nubes, en el segundo Mundial de la historia que se decidía por penaltis él lanzaba el primero y lo marcaba. Y así, uno fue Balón de Oro y el otro ganó un Mundial. Andrea Pirlo quizá no ponga su camiseta en el mismo peldaño que los fantásticos, pero ha sido campeón, como Matthäus.


El truco de ayer fue el enésimo. Con 0-0 a los 120 minutos, un jugador de la Juventus volvía al punto de penalti. Otra vez con el país en velo por detrás en el marcador. No era una final, pero casi. En el verano de 1994 Roberto Baggio la lanzó al cielo de Los Ángeles. Ayer Pirlo se dio el gusto de volver a llevarle la contraria.

miércoles, 11 de enero de 2012

Camisetas clásicas: póntela otra vez



Son tiempos complicados. Las mejores tardes han quedado atrás y el estadio que te aplaudió ya no existe. ¿Qué se siente ahora? De pie en el área técnica del Emirates Stadium, esperando que el balón salga fuera para poder entrar en el terreno de juego. No es la primera opción. Le adelanta por la derecha un correcaminos. Theo Walcott espera junto a él y pega un acelerón para salir. A su espalda luce un ’14′ que heredó con honor y que no ha cuidado con demasiada brillantez. Cada temporada se agarra a él y lo reivindica para sí. Conoce su significado, de donde viene y  quién lo elevo categoría de dorsal trascendente, pero no se acerca. El que siempre ha sido el más rápido del grupo no parece poder liderarlo. “Si finalmente ficha será muy bueno para los jóvenes, tiene mucha experiencia”- no sólo no se incluye en la lección, sino que se niega a ceder su dorsal: “Ahora tengo su número, pero no lo va a recuperar aunque venga aquí por un tiempo. Ya le he avisado”.


Thierry Henry, el mejor jugador de la historia de la Premier League, se seca el sudor con la manga mientras Marouane Chamakh se aproxima a la banda. Mirada al suelo. Cualquier vista menos la espalda de Walcott.


Tiene un nuevo aspecto. La complexión, más ancho, 34 años. Luce una barba más que cuestionable. Le han dejado el ’12′, su número en la selección francesa, pero es él, le reconocemos porque lleva las medias hasta media rodilla. Un paso adelante, recibe un balón de espaldas, un trote a la banda. El aficionado tiene todo el tiempo del mundo para deleitarse y contemplar sus acciones. A cámara lenta. Las primeras fotografías no saldrán movidas.


Está parado en el frente del ataque, y en su mente, quizás, empiece una jugada. “El ataque progresa y el equipo se acerca al arco a una velocidad atropellada. No dominamos el sigilo. Parece como si todo fuera a caerse. Es vértigo. Los últimos quince metros hacia el gol se transitan como si hubiera un desnivel exagerado. Arriba el juego y abajo el gol. El área se transita en vertical. Sobre todo cuando llevo el esférico. ¡Ahí viene! Controlo con el pie derecho y media vuelta, ya en campo contrario. El público jadea. Una arrancada endemoniada. ¡Uno! ¡Dos! ¡Ya se han quedado atrás! Los despido con un leve toque hacia un costado y un par de zancadas. Una pared. ¡Robert!”


El balón real lo lleva Alex Song, de momento Pirès solo entrena. Cambia el ritmo, izquierda, al hueco, el camerunés envía entre líneas y entonces las dos narraciones se hacen una. La que Henry se ha imaginado. La que el público ha visto.


El pase de Song lo han dado una larga lista de futbolistas. Empezando por Tony Adams, capitán y bebedor, un 7 de agosto de 1999 en el St Mary’s Stadium de Southampton. Henry no anotó hasta la jornada 8, cuando Adams le sirvió el primer balón un poco escorado a la izquierda. El mismo que ahora, con el mismo final. Una pausa eterna. El guardameta lo sabe. El técnico rival, también. El aficionado gunner de sobras lo conoce. Un disparo meloso al palo largo. Rosca fina que insinúa con perderse pero siempre acaba entrando, pegada al poste.


¿Qué se siente ahora? ¿Qué se puede decir cuando el futbolista más arrogante de la historia en lo que a celebración de goles se refiere casi se pone a llorar? Será exagerado, le habrá influenciado Norteamérica, pero su película hay que verla. Es como si se hubiera guardado toda la alegría de su carrera para este momento. Un gol con una camiseta determinada, un abrazo con un técnico determinado, una forma de marcarlo, un golpeo, una camiseta. Un lugar, solo faltó Highbury.






¿Qué le puede aportar Henry a este Arsenal? Suponemos que algunos minutos de calidad en segundas partes, el valor simbólico, puede que algún otro gol. Lo normal sería que no fuera titular prácticamente nunca. Sin embargo quisiera rescatar un comentario de Carlos Castellanos en el Fiebre Maldini de esta semana, que dijo que tener de nuevo a Henry en el Arsenal rememoraba la etapa ganadora de este club. Y en cierto modo es así, salta Henry el otro día y todos estamos esperando su gol. En un futbolista tan emocional nunca se sabe. Es que si juega un rato en el próximo partido y por casualidad vuelve a marcar, hay que ponerlo de inicio en el tercero. Con más motivo viendo que sus rivales por un puesto son Walcott, Arshavin, Chamakh o un joven Oxlade-Chamberlain.


Peticiones: Paul Scholes también redebutó esta semana en la FA Cup con la camiseta del Manchester United. ¿A quién más os gustaría volver a ver? propongo algunos nombres. Con enlace a camiseta, por si él no se la quiere volver a poner al menos lo podamos hacer nosotros. Robbie Fowler, Henrik Larsson, Mark Viduka, Edwin Van der Sar, Iván de la Peña, Luis Figo, Zinedine Zidane, Robert Pirès.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Camisetas clásicas: al morado por tres caminos



De la mano de Classic Football Shirts , la tienda especializada en camisetas antiguas, nos acercamos al fútbol con una perspectiva diferente, desde los uniformes con los que se ha construído la historia del deporte rey.

El primer camino para llegar al violeta de la Fiorentina se recorre regateando pompas de jabón, compuestos tensoactivos y tambores de lavadora. Dice la leyenda que lo pasear palmito en morado fue cosa de accidente doméstico. Que el viola es fruto de lavar juntas las casacas originales del club, que eran rojiblancas, junto a la ropa que usaba el equipo en los entrenamientos, de color azul. Los defensores de tan chiripitifláutica vía explican que el morado vino de combinar talas blancas, rojas y azules en imprudente colada, pero incluso con la ayuda del detergente más potente y milagroso que pudiéramos apañar de ese lavado tan solo podría salir, a lo sumo, un lila fuerte. La leyenda Micolor tiene difícil defensa…

Para recorrer el segundo camino que acerca a la icónica camiseta morada tendremos que meternos en algún jardín. Y es que la violeta, cuya variedad blanca ya decoraba el primer escudo de armas de Florencia, alfombra los campos de media Toscana así que no es extraño que muchos le hayan encontrado explicación botánica al asunto de la extravagante y original camiseta florentina.
Para caminar el tercer sendero tenemos que desplazarnos a Hungría. Y el viaje merece la pena porque este camino al viola es el más bonito. Una noche de 1929, Luigi Ridolfi a la sazón noble florentino y prohombre italiano, discutía acerca de que color convendría adoptar para la nueva camiseta con Károly Csapkay, entrenador en la prehistoria viola. Hartos de la predominancia del rojiblanco, el blanquinegro y otras variantes al uso, decidieron que la mejor idea era la que acaba de aportar Csapay: la camiseta debía ser morada para que destacase sobre el verde del césped.
¿Pero por qué precisamente morado sobre verde? Csapkay, que era hijo de Budapest y se había criado futbolísticamente en los equipos menores de la capital húngara, tenía una imagen poderosa y fija en su mente desde el ascenso del Ujpest a la élite del fútbol húngaro. Que el morado sobre verde molaba. Definitivamente el morado del Ujpest sobre el tradicional verde del Ferencvaros era una idea que revoloteaba en la mente del míster húngaro, Ridolfi se la compró y desde entonces la Fiorentina puede presumir en toda Italia de tener en el armario un traje único.
Teorías plausibles o mágicas al margen lo cierto es que ochenta años después el morado se ha convertido en un color altamente identitario no solo para la Fiorentina sino para cada todos y cada uno de los habitantes de Florencia. Aparece en revistas, en la decoración de las casas, en los rótulos de los negocios y ha llegado a ocupar el lugar de los auténticos colores oficiales de la capital toscana, el rojo y el blanco.

sábado, 29 de octubre de 2011

Camisetas clásicas: rossoneri siamo noi

Vayamos cien años atrás en el tiempo. Pensemos en aquellos últimos años del siglo XIX, cuando aquel deporte llamado foot-ball comenzaba a extenderse por el continente europeo desde Inglaterra, donde ya gozaba de una fortísima raigambre. Piense el lector en aquellos visionarios que un buen día decidieron importar aquel pasatiempo a sus respectivas ciudades. Fundaron clubes deportivos que, en la mayor parte de los casos, poco o nada tenían que ver con los gigantes mercantiles en los que se han convertido en la actualidad. Y eligieron unos colores. Cada uno los suyos. Representativos de su ciudad, de su origen, de su estrato social… o simplemente por casualidad o practicidad. Probablemente no sabían la trascendencia que tendría, cien años más tarde y durante todo un siglo, aquella aparentemente sencilla e intrascendente decisión cromática.
Se cuenta que cuando los ingleses Herbert Kilpin, Samuel Richard Davies y Alfred Edwards echaron valor al asunto y decidieron organizar el escaso tiempo de asueto que les dejaba su actividad profesional fundando el Milan Foot-ball and Cricket Club, no tuvieron ninguna duda acerca de los colores que vestiría el recién fundado club deportivo.
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El rojo, el color de la fiereza, del ardor combativo, del ímpetu de sus jugadores… Y el negro, el color que identificaron con el miedo y el respeto que infundirían, ya desde aquel lejano 16 de diciembre de 1899, a sus rivales. Y son ya casi 112 años. 112 años en los que los futbolistas del Milan, heredero de aquel Foot-ball and Cricket Club, se han ganado el sobrenombre de rossoneri. Los rojinegros.


Pensar en rojinegro es hacerlo, casi de manera inmediata, en aquel mágico Milan de Arrigo Sacchi y los tres holandeses, Gullit, Rijkaard y van Basten. El súper equipo que Berlusconi montó en apenas un verano, recién adquirido el club, marcó una época y a una generación. En solo una temporada, Sacchi logró alzar el Scudetto y acabar con una época negra de nueve años de sequía. Sólo un año más tarde, en la campaña 1988/89, aquel torbellino rojo y negro conquistaba la Copa de Europa tras humillar por cuatro goles a cero al Steaua de Bucarest. Justo el año en el que se cumplían ¡veinte años! desde su último gran título continental.
Pero, volviendo al asunto textil, y pese a que la historia de la gran competición europea está trufada de anécdotas y partidazos en rojo y negro, asunto curioso es el que concierne a las finales del torneo disputadas por el conjunto lombardo. De las once finales en las que los milanistas han estado presentes (desde la primera, en 1958), en ocho de ellas han vestido con su habitual segunda equipación, en color blanco, mientras que sólo en tres han vestido de rossonero. Pese al peso de la tradición, se dice que el club tomó la decisión de disputar sus finales europeas, incluyendo las que estén por venir, vistiendo el citado color blanco. ¿El motivo? de las ocho disputadas con la segunda equipación, el Milan salió vencedor en seis de ellas (sólo dejó de lograrlo en 1995, ante el Ajax de van Gaal, y en 2005, ante el Liverpool de Benítez) mientras que de las tres disputadas con los colores habituales sólo logró alzarse con una, la de 1969.

jueves, 27 de octubre de 2011

Camisetas clásicas: en la piel del ídolo


Minuto 20 de la primera mitad y aún no he tocado balón. Espero en la zona izquierda, casi pegado a la línea de cal. Es mi hábitat. En Highbury no cabe un alfiler. Lo más sorprendente son las aglomeraciones que se forman detrás de las porterías. Cuando el ataque progresa y el equipo se acerca al arco -siempre lo hace a una velocidad atropellada, no dominamos el sigilo- parece como si todo fuera a caerse. Es una extraña sensación de vértigo. Los últimos quince metros hacia el gol se transitan como si hubiera un desnivel exagerado. Arriba el juego y abajo el gol. La pendiente lo hace todo más fácil. El área es una zona de obligatorio paso vertical. Sobre todo cuando llevo el esférico. ¡Ahí viene! Controlo con el pie derecho y media vuelta, ya en campo contrario. El público jadea. Una arrancada endemoniada. ¿Es que el contrario no ha visto los vídeos? ¡Uno! ¡Dos! Ya se han quedado atrás. Los despido con un leve toque hacia un costado y un par de zancadas. Movimientos rápidos, pero nunca hay que perder la elegancia. Ahora son demasiados. Una pared. ¡Toma Robert! La vuelvo a recibir. El área ya se huele. Solo hay que pisar la línea, después está hecho. Vértigo. Es el último defensor. ¡Finta izquierda! ¡Salgo por derecha! Entro en el área. Y entonces es cuando descubrís que os he engañado completamente. Una pausa eterna. El guardameta lo sabe. El técnico rival, también. El aficionado gunner de sobras lo conoce. Un disparo meloso al palo largo. Rosca fina que insinúa con perderse pero siempre acaba entrando, pegada al poste. De nuevo a la realidad. El gol es un hecho. Vuelve la velocidad frenética. Destenso con carita de superhéroe. Sigo corriendo con los brazos en alza. Una jugada meteórica y la camiseta no ha sufrido daños. Un gesto de genio aquí, otro por allá. Cuanta gente. Un día de estos habrá que cambiar el estadio.

viernes, 21 de octubre de 2011

Camisetas clásicas: en la piel del gol


Ni un tacón, solo medio regate y siempre dentro del área. No busques sutilezas entre mis hazañas. Escogí un camino más práctico. La aparición por sorpresa, los tiros que salían rebotados por el larguero, disparos que desviaban los contrarios, rechaces, empujones, resbalones, tropezones… No importaba cómo. Chutar más que pasar y marcar más que chutar. Después todo el mundo se lo preguntaba: Who put the ball in the Chelsea’s net? El asesino con cara de niño. Alguien de quién nunca podrías fiarte. ¿Dejarme un metro? Eso a los delanteros que sólo tienen una pierna. Cada jugada requiere un tipo de remate determinado. Hay quien la recibe y quiere terminarla a su manera. En mi caso, si caía a la izquierda la pegaba de zurda, si caía en la diestra, con la derecha. ¿Qué más da, de primeras o previo control? Cuando viene alta se cabecea, por abajo se barre el balón. Si conviene se le pega con el muslo. Who put the ball in the Fulham’s net? El sustituto fantástico. Entrar para marcar. Apenas cuatro temporadas como titular, el resto saliendo desde el banco, y sumé 126 tantos con los diablos rojos. Aquí están. ¿Veis? Ni un toque más de la cuenta, siempre atento a los errores del contrario. Un manual para el joven goleador. Un ejemplo. Si el rival está preparado, escóndete. Quizás detrás de Kuffour. ¿A quién le marcan dos goles de saque de esquina en tres minutos? ¡Tres minutos! Es complicado, pero el gol se pierde rápido. Hay que estar preparado. El Bayern de Múnich concede otro córner. Ferguson mira el reloj. Sirve Beckham, primer palo, ruge la marea roja en el estadio, el balón va rapidísimo, peina Teddy, se acerca el cuero, alargo la pierna, punta de la bota… Who put the ball in in the Germans net? Ole Gunnar Solskjaer.


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del deporte rey.




Una expresión inquietante, indescifrable, como queriendo esconder las cartas que me quedan. Una larga zancada acompañada por un movimiento de hombros harmónico. Hubo una época en la que era imbatible. Rapidez y potencia, frialdad ante la potería. No anotaba con violencia, no hacía falta, bastaba con engañar al portero o anticiparse al último defensor. Como en los penaltis: partir de lejos, larga carrera, interior del pie y pase a la red, pase a la red, pase a la red. Una confianza ilimitada en Milán, pese a un par de años menos productivos en cuanto al gol. ¿Qué pasó en Londres? ¿La pérdida de la velocidad? ¿Sólo con eso se destruye a un héroe? Pasé del primer nivel al ostracismo, a un retiro triste sin las cualidades de las que presumía. Me dejé melena. Un gol de vez en cuando. De mi primera imagen en Italia, en el campo embarrado del Lecce, bregando continuamente con los centrales, pasé a la categoría de goleador sofisticado. El que aparece de vez en cuando, resolutivo pero no protagonista. Eso sí, conservando esa mirada enigmática. Ojos de boniato. Paso despreocupado hacia los once metros. Buffon no sabe dónde mirar. Seguridad. Seriedad. Miro al árbitro. ¿Ya? Morderme el labio, empezar la carrera fuera del área, interior del pie, a la izquierda del italiano… pase a la red. La Liga de Campeones de Andriy Shevchenko.
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